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LOS MINEROS

  • Foto del escritor: Juno Udyat
    Juno Udyat
  • 13 oct 2019
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 30 abr

“Que las musas me perdonen

si este tema no se toca


Las calles de adoquines serpenteaban cuesta arriba hacia la iglesia.


Cuesta arriba. Ella sigue sin acostumbrarse.


Para cuando llega a la plaza, divisa una fuente en el centro.


Agua no potable. Las gotas de sudor se le deslizan por el cogote y algunas palomas esquivan su trayectoria. Detesta el calor, sobre todo cuando es húmedo y pegajoso.

Se acerca hacia la fachada principal del templo. La puerta lateral izquierda da una especie de convento reconvertido en museo. Busca su entrada en la mochila negra. Son los últimos compases de la vida de la mochila tal y como la conoce: en un par de horas, se romperá la cuerda cutre que permite cerrarla. Pero no adelantemos acontecimientos…


En la recepción, dos señoras cotillean sin percatarse de su presencia. Su amplia sonrisa de buenos días es contestada por un seco hola de puro trámite. La entrada se rompe, “el baño está saliendo a mano izquierda”. Y al entrar, ese patio de interior de convento, descubierto, sin un ápice de vida. Ni animal, ni vegetal. Un secarral al sol de medio día. Lo primero es lo primero: ir al baño a beber agua (del grifo). Agradece ahora las frías gotas que resbalan por su barbilla. Así, de gratis. Eso en su isla no pasa. En su isla todo es de pago, incluso el agua potable. Es de bien nacido el ser agradecido.


Cruzando el patio, en dirección a la primera sala de exposición, se pregunta cómo ha llegado allí, ese día, a esa hora. Parece la única visitante del edificio. De momento. Las vitrinas contienen pequeños retales de la historia del lugar. Le fascina la caligrafía de pluma antigua y se pasa la primera media hora intentando descifrar cartas y apuntes de los primeros aristócratas españoles. Uno ya sabe. Nobleza, eclesiásticos, mercaderes. El pan nuestro de cada invasión hispánica. Todo le llama la atención. Se detiene, inspecciona, lee. Pero su intuición le dice que no es nada de eso lo que viene a buscar. Ese día. A esa hora.

Vuelve al patio y entra por la siguiente puerta. El silencio del edificio es magnético. La segunda sala contiene réplicas de la fauna del lugar. Es tan vasta y contiene tantos ejemplares que es complicado decantarse por alguno en concreto. Ella no suele sacar muchas fotos; se reserva los disparos para aquellas cosas que realmente la fascinan. Y, por lo que respecta esa sala, las serpientes y las culebras en botes de formol merecen una buena sesión desde todos los ángulos. A los tiburones no les echa fotos, pero se pregunta cómo quedaría su cabeza entre sus fauces.

Junto a la sala de los animales, hay una exposición de maquetas de navíos. Hay mapas y cartas de navegación colgados en las paredes, y juega a ordenarlos cronológicamente. Busca la carta de navegación más antigua, impulsada inconscientemente por un Deja Vú de una vida pasada. Una vida en la que fue marinero. O más bien… pirata. Una vez soñó que su navío se detenía en un pequeño puerto del Mediterráneo. Aun no había desembarcado y sus ojos ya se habían posado en un balcón, donde una cortesana vestida de verde, con tirabuzones rubios y verdes ojos, se peinaba el pelo y lo miraba fijamente. "Tantos, siglos, tantas vidas, y por fin te he encontrado".


Vuelve en sí, al momento actual. Los recuerdos son vívidos y suelen marearla levemente. Se le está subiendo el arte en la cabeza. A veces la belleza del arte en todo su esplendor nos sobrepasa y, por un momento, perdemos la noción del espacio y el tiempo - Síndrome de Stendhal creo que lo llaman...-. Se repone, avanza un pasillo, y sale al exterior. Otro patio interior, más pequeño que el secarral contiguo, contiene toda la vida que a éste le falta. Tiene ese aire de alhambra morisca, de naranjos en flor, y perfume jazmín. El viento se cuela entre los pasillos y le susurra el itinerario. Una primera vuelta de reconocimiento hacia las fotos que cuelgan en las paredes de piedra que rodean el patio. Las mejores tomas de un concurso de fotografía nocturna. La Vía Láctea, las estrellas, las constelaciones, agujeros negros. Empieza a intuir el por qué de su visita. Ese día. A esa hora. Pero lo mejor está por llegar.


Y ahí está ella. La primera en discordia. A mano izquierda del patio, una pequeña entrada a una salita contigua dispuesta específicamente como si fuera un altar. Una fotografía tamaño póster de una mujer asiática de mirada magnética, la atrapa y la invita -obliga más bien- a acercarse. San Mao. Al principio pensó que era una especie de Diosa o Santa. O tal vez una figura importante del confuncionismo. “Que se yo…”

Pero no. Simplemente, es San Mao. Cuán injusta la vida de esta Santa asiática improvisada, que dejó todo para mudarse a la isla a vivir con su amado, hasta que, un día cualquiera, el mar decidió arrebatárselo. San Mao era escritora, entre otras cosas. Pero, ese día en el que Jose no volvió de pescar, San Mao dejó de ser. Allí, a los pies de ese altar improvisado en homenaje a una mujer asiática cualquiera en un edificio de culto cristiano, rompe a llorar de la pena por primera vez ese día.


“Y llorar, y llorar, y llorar por él. Y esperar, y esperar, y esperarle. En la orilla a que vuelva Miguel”. Mecano se cuela en su cabeza para exacerbar su pesar. Empatía.


Escribe: “¿Qué propósito tiene la vida cuando todo lo que amamos nos es arrebatado?”

Su mente está cada vez más espesa. Muchas emociones en poco tiempo. Tal vez sea el calor, aunque ya hace un par de horas que la brisa del mar que se cuela entre los pasillos ha hecho descender su temperatura corporal. Todavía queda un ala del edificio por visitar, en la primera planta. Está cansada. Ya es la última parte del itinerario. En total son cuatro, las salas de lienzos y pintura surrealista. Ninguna obra pasa inadvertida pero, debido al cansancio, apenas se detiene a inspeccionar alguna en concreto. Ni siquiera un Miró. expuesto discretamente en la segunda sala logra, llegados a este punto, su atención. Empieza a estar débil. Todavía no ha comido. Es momento de marcharse. Antes de llegar a las escaleras que conducen de nuevo al secarral de la planta baja, hay una última colección provisional “Exposición de grabados: Carmen Arozena.”

Y nunca jamás olvidará su nombre.


(…)


No sabe nada de la técnica del grabado. La cuerda de su mochila se rompe repentinamente, por lo que tiene que improvisar una nueva forma de cerrarla, más ruda y primitiva; la superviviencia justa para que nada de lo poco que le queda se desparrame a su paso. Mientras tanto, sus ojos curiosean. Mira, pero no entiende. Sigue avanzando entre las obras. Mira de nuevo, y empieza a ver. Mira una última vez, la sección del fondo, la vitrina de bocetos de obras inconclusas, y ahí están… Los Mineros.

Camen Arozena era una famosa artista originaria de la isla. Su especialidad era el grabado. Por lo visto, manejaba una técnica de grabado propia difícilmente replicable. Le pareció metódica y perfeccionista en los primeros compases de su carrera. Sus primeros trabajos exhibían esa rebeldía innata que cuestiona el Status Quo, el sistema establecido. Sin embargo, no hacían presagiar lo que aconteció después. Tras varios viajes e incursiones en la cultura oriental, Carmen se obsesionó con la astrología y con el saber ancestral. Su mayor creatividad brotó desde su inconsciente y empezó a plasmar en sus obras reflejos de energías zodiacales. Y todo culminó en Los Mineros, su obra definitiva. Incluso su propia vida, pues Carmen murió repentinamente, dejando únicamente los bocetos. Y allí estaba ella, frente a ellos. Desde Aries hasta Piscis, los mineros portan el carbón -o, lo que Arozena llama, el peso del inconsciente - a lo largo del ciclo vital. Cada vez está más mareada. Siente que pierde la consciencia, y se sienta. Saca de su mochila una botella de agua, que ha rellenado en el grifo del baño. Se moja ligeramente la nuca y saca fotos de cada boceto y cada anotación. Dos de sus pasiones juntas en un material sin precedentes: caligrafía de pluma y astrología aplicada al arte. Las sinergías del cosmos en todo su esplendor, actúan sin precedentes. Y ella sonríe. Vuelve a mirar los bocetos y se sorprende al entender cada anotación. Cada detalle cobra un sentido intuitivo. Y por un segundo siente miedo de que el Cosmos haya acabado con una vida antes de tiempo, para que secretos ancestrales no sean divulgados. Levanta la vista y recorre con la mirada la sala. Y al fin entiende qué está haciendo ahí. Ese día. A esa hora.

Santa San Mao. Bendita Carmen Arozena.

Trabajos inconclusos. Vocaciones por explorar. Sin pena ni gloria.

La vida un día te pone y, al siguiente, te quita.

(…)


Baja las escaleras a toda prisa, hacia ese secarral que es el hall. Antes de irse pasa por el baño a mojarse de nuevo la nuca. Se mira al espejo borroso, con ojos desenfocados. Aturdida, sin pensar. Al llegar a casa hará un esquema de las fuerzas universales según Arozena. Y compondrá un poema, que no rime, para ambas. Escribe: 


“San Mao

Carmen Arozena

y un punto de partida/y final.


Y recuerdo que no hay mensaje.


Pero sienta bien la sensación

de encontrar

lo que (no) he venido a buscar."


 
 

©2019 by Juno Udyat

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